martes, 14 de diciembre de 2010

¿Por qué el miedo a pedir una habilitante para siempre?

¿Por qué el miedo a aceptar lo que se quiere ser?

No, para nada se trata de ironía tampoco en esta ocasión; menos aún es burla, ni irreverencia frente a la figura presidencial.

La cosa es que está acercándose la hora de definirse (por simple lógica: ¡Cada vez pasa más tiempo y queda menos para cualquier cosa que quieran hacer!); un gobierno no puede seguir zigzagueando y reculando, tartamudeando y explicando las explicaciones previas. No puede levantar la bandera del cambio que anuncia para luego bajarla en medio de tecnicismos que no respeta pero si aprovecha hasta la saciedad para justificar en suma, el curso de los acontecimientos que ha caracterizado a estos 12 años.

Esos acontecimientos de la ultima década están denominados por la relación “voluntad de Chávez/colectivo dejándose llevar”, y todas las consecuencias de ello está pesando y presionando como tanque de plomo caliente sobre todos nosotros, sin que se le quiera dar nombre formal al asunto. Una ley habilitante definitiva, hasta el fin del período presidencial actual, le daría nombre indiscutible, y reconocimiento, (“a regaña dientes”), por parte de todos aquellos que como indecisos, aun no han querido señalar a ningún culpable, y preferirían mas bien, buscar otra excusa para continuar la ilusión de todo lo vivido desde Pérez Jiménez.

Hasta ese punto llegamos.

La política distorsionada por las estrategias psicológicas electorales, mezcladas con las mas básicas estrategias militares de la guerra psicológica aprendidas por los castrenses venezolanos ahora en el poder, han llegado al punto mas lejano posible, desde el cual solo queda la peligrosa maniobra, -no deseada por quien lidera generalmente, debido a que la omisión a drede de esa acción, los mantiene en el centro político administrativo del estado como cabezas visibles tras los intereses vigentes-, de hacer de sus mandatos, uno superior, -por la razón que convenga decir-, a lo mandado por la constitución, con sus inevitables consecuencias.

Les sugiero calma y reflexión profunda, analizando lo que se dice y se deja de decir, con extrema ponderación, recordando en todo momento, lo enorme de los ciclos de crecimiento de una nación; de su respirar y los intervalos entre estas.

Estamos en los tiempos en que las partes no reconocen bondades ni virtudes en su bando contrincante, y solo el extremismo mal disfrazado mantiene el ritmo de esta melodía de negación permanente, conveniente y enfermiza.

Quizás solo queda aguardar con corazón resuelto y mente clara en su sentido de venezolanidad a prueba de cuestionamientos, para el momento o la secuencia de momentos en los cuales podremos controlar la situación mediante nuestra expresión civilizada y justa. Permitan que los que hayan de estrellarse, se estrellen; permitan que los que hayan de fanatizarse, se fanaticen y radicalicen hasta lo total. No señalen al que defienda su actuar con excusas y razones siempre ajenas a el. Exclusivamente declaren la venezolanidad y a la justicia incorruptible como única conexión valida entre todos nosotros, capaz de aquietar en el futuro las aguas de la sociedad, y permitir con ello su provecho en un crecimiento real y justamente dimensionado, que ya no seria para nosotros, sino para nuestros hijos.

Una escritura religiosa muy conocida termina diciendo más o menos: “y hasta lo poco que tengas, lo perderás

No sigamos pues, cuidando y atesorando lo ilusorio que no tiene valor, que viste a aquel cuerpo nacional que hemos formado, donde sus pies no tienen relación con sus manos, ni con lo que hacen estas, mientras lo realmente significativo, permanece tendido y olvidado en el suelo, casi ajeno a nuestra capacidad de comprensión.

Si el ciudadano presidente desea una habilitante para enfrentar o aprovechar aquello que con todos sus recursos no puede dominar, nuevamente sin aceptar lo que quiere, pero que no sabe como asumir, solo seamos espectadores en conocimiento de la situación y de las consecuencias; una asamblea nacional gustosa en satisfacer los deseos del presidente, independientemente de las justificaciones, no debe ser motivo de inquietud entre nosotros como colectivo causante de este escenario político. Dejemos que los actores asuman por completo sus papeles en la obra, y que la interacción premeditada de estos den ejecución a ese libreto anónimo y sin nacionalidad que hemos hecho nuestro. Solo no olvidemos el nombre de los actores.

No existe mas daño o bien posible; la etapa presente en la vida de Venezuela esta consumada como tal, y solo vivir dentro de ella y de su inercia es la opción que existe. 12 años son solo una parte indeterminada del total por ejecutarse en este intervalo.

No se angustien; solo aprendan y decidan que es lo importante. Si la mayoría coincidimos en que Dios, la justicia y la venezolanidad hecha pueblo es lo importante, viviremos las consecuencias de esa decisión llevada a la realidad, y no tengo que describírselas para que sientan que esas son queridos compatriotas, las consecuencias que si deseamos vivir.

¿El presidente pide una habilitante?

Se la darán. No importa lo que tengan que hacer.

¿De quien es la cara que aparece en esta moneda que hemos acuñado por 12 años?

Pues entonces…

“Al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios, lo que es de Dios”.

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