lunes, 19 de julio de 2010

El turno de Simón Bolívar: Ahora nos entretenemos con sus restos mortales.

El país se entrega una vez más, de manera casi inmutable, al episodio en el cual se realizo la exhumación de los restos del Libertador. La razón: la búsqueda de una verdad; una que indique si Simón Bolívar murió por causa de una enfermedad, o por un homicida acto de envenenamiento.

Buscar la verdad es bueno, aunque siempre las verdades deben ser cuestionadas en su utilidad.

En este caso, la utilidad de descubrir por qué murió este extraordinario venezolano, será tan relevante como determinar si Jesús de Nazaret falleció por la crucifixión o por la penetrante lanza que le perforó un costado del cuerpo.

Es decir: Será una verdad inútil para nuestro progreso como nación.

Como en el caso de Cristo, con Simón Bolívar lo importante es aplicar lo que nos dejó como legado, aplicándolo con voluntad y cordura. Todo lo demás, constituirá un acto premeditado de ensalzarnos en un materialismo innecesario, que indefectiblemente nos aleja de la sabiduría de aquellos que con su vida nos precedieron.

La exhumación puede erigirse como un acto innecesario en el momento que atravesamos, y puede terminar convertido en una parodia, pero propagandística escena de “CIS Las Vegas”, que sólo deja un mal sabor; tan malo seguramente como las lagrimas del ciudadano presidente, derramadas en la emoción del momento, según declara él mismo, al llegar a su boca, ante el espectáculo de ver los huesos, -solo eso-, de lo que fue únicamente el cuerpo de Bolívar. En mi opinión, la propaganda de este evento es el culto a un hombre, llevado al inútil paroxismo.

No hay gloria, ni honor, en los huesos de un hombre. Los hay en la vida que vivió, y en lo que hizo por vivir.

Ver sus restos no lo hace mas muerto o vivo; no para quien en verdad entienda la justa dimensión de su legado.

La prudencia siempre aconseja guardar distancia de la impulsividad: Saber que el presidente dedicó horas, -no de el-, sino la de los expertos dedicados a realizar los estudios forenses que tuvieron que explicarle a un ciudadano revestido de poder y capaz de aprovecharlos para estar donde no debía estar. En el más puro sentido socialista, -incluso-, fue imprudente su presencia allí, mostrando un ventajismo, un abuso de poder, y una inadecuada expresión de sus deseos personales a través del ejercicio de su cargo. No tenía más derecho que tú o yo a estar allí, y en lo particular, no veo la necesidad de presenciar dicho acto.

Ofrecer nuevos panteones, nuevas urnas, sería tan fútil como construirle un mausoleo a Jesús. Hay una profunda contradicción en todo esto.

Empuñar la espada del libertador, ver sus huesos, cambiarle la postura a su caballo en el escudo nacional o sacarle el sucio a los dientes de ese pobre esqueleto, no hacen que alguien pueda estar más cerca de las cumbres andinas donde Bolívar se hizo Libertador.

De todas maneras, siempre será engañosamente fácil buscar la verdad de una sola muerte; no ocurre lo mismo con la de los fallecidos anualmente en Venezuela, para los cuales ni una medicatura forense decente existe en el país.

Si la muerte de Simón Bolívar se debiera a un asesinato, los perpetradores y sus motivaciones, quedarían seguramente libres de castigo, dado que los relacionados estarían muertos hace mucho. La culpa de la Venezuela que en su tiempo le dio la espalda, tampoco podría modificarse.

No obstante, la muerte de los que hoy son victimas del crimen, si podrían tener el consuelo de la justicia, pero ello deberá esperar al tiempo en que las autoridades sean motivadas y guiadas por la constitución y las leyes. Mientras, solo veremos a personeros actuando bajo los pálidos reflejos de aquello que creen, son verdades.

Bolívar dejó lecciones vividas con intensidad; los huesos sólo quedaron cuando el hombre se fue de este mundo.

Todo este episodio me hace recordar aquella canción de Ali Primera, que en una parte, expresaba mas o menos que: …Un niño le decía a Bolívar: “El pueblo en su inocencia, cree que sus gobernantes van cada año al panteón en tu aniversario a rendirte honores…”. A eso Bolívar le responde con una pregunta al niño: “¿Y a que van entonces, carajito?”, a lo cual el niño le contesta: “¡A asegurarse de que estés bien muerto libertador, bien muerto!”


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