lunes, 1 de agosto de 2022

Embarazos infantiles en Venezuela:

 ...O como la prosperidad de un país no se debe medir por su economía.

Dicen que Venezuela ha mejorado, pero los valores estadísticos sobre menores de edad embarazadas en el país para los últimos años no indican tal cosa, aun existiendo países con menor índice de ingreso per cápita que el nuestro.

En nuestra búsqueda inconsciente de justificaciones para decir que las cosas no están “tan mal, y que hasta están mejorando poco a poco”, sucumbimos a la tentación de pasar por alto elementos sociales muy cercanos a nuestros hogares y vecinos que resultan más reveladores que las meras cifras macroeconómicas con las cuales conseguimos, -como si se tratara de un colador de agujeros muy grandes-, el justificar que no tenemos problemas que atrapar y atender.

Véanlo de esta manera: ni porque el ingreso familiar en Venezuela se situara en 20 mil dólares mensuales, podríamos ocultar ni justificar el hecho de que somos el país que lidera las cifras suramericanas en embarazos en adolescentes, y eso nos dice sin dudar, que ESTAMOS MAL.

Dicen que el diablo está en los detalles, y es cierto, porque una tasa descontroladamente alta de embarazos en adolescentes, -con lo que seguramente es también una tasa consecuentemente alta de abortos-, nos hablan a todos sobre un profundo, medular y autoalimentado problema desatado a nivel individual y familiar, y en la escala social de los colectivos humanos que toleran estas cifras citadas, por ignorancia o por negligencia, tanto en el ejercicio ciudadano de las responsabilidades familiares, como en el ejercicio ciudadano de la administración social.

Casi está de más que les recuerde que la existencia de niñas y jóvenes embarazadas dejan ver la pobreza de nuestra educación y del sistema que la entrega; del inexistente acompañamiento que debía ser oportuno desde el aparato de administración ciudadano (gobiernos), o de la cada vez más patente desconexión entre los miembros de las familias, casi siempre fundadas sobre los problemas de la generación que la precedió, y atizado todo por la creciente pésima comunicación real y asertiva entre las personas.

No podemos medir el bienestar de nuestra sociedad por la cantidad de bodegones y de beneficiados por estos, o por la libre circulación de un dólar sin fuente legitima de origen que lejos de ser moneda, se maneja en realidad como un instrumento de trueque convenido sin más valor que el de la subjetividad con la que para ese día las fuerzas de la especulación le otorguen; no, ese bienestar se mide en realidad por nuestra conexión con la noción esencial de lo que ser ciudadano es: un ejercicio de honestidad y congruencia individual, personal, asertivo y de autorrealización, que se derrama sobre la familia que formemos, y que se filtra abiertamente a través del día a día en nuestro quehacer social para construir entre todos un colectivo humano que se autoregula en ese mismo actuar producto del delicado, pero consciente balance que debemos manejar entre derechos y deberes.

 

Solo así podemos tener capacidad para autocriticarnos, amarnos y sacar lecciones para corregirnos sobre la marcha; solo así podemos mirar a los ojos a nuestros hijos y reconocer sus necesidades por atender también con amor, y todo esto hay que hacerlo antes de que nuestra manía de postergar, de dejar para después, construya en ellos carencias que luego sean llenadas por actos promiscuos y sin orientación que solo crearán traumas y estigmas en medio de un país devastado en lo concerniente a sus valores y dignidades. Sin estas últimas dos cosas, sólo se puede construir un pueblo auto engañado y superficial, listo para ser manipulado por la siguiente camada de políticos venidos precisamente de esas carencias existenciales que hoy como venezolanos, terminan de sepultar aquel ensayo de nación que no supimos ser.

Si, podríamos decir que el asunto viene de la mano de la falta de anticonceptivos accesibles y de carencia de información y prevención, pero no, la realidad medular es que seguimos levantando generaciones de niños carentes de amor y que en consecuencia, no pueden tratarse a sí mismos con perdón y ternura, lo que resulta esencial para crear en ellos la dignidad necesaria para elevarse de antemano, a la adversidad de vivir en un país en esencia, superficial.

No busquemos culpables: más bien identifiquemos las debilidades, aceptémoslas como reales, y encontremos soluciones que podamos poner en práctica, siempre a condición de que antes consigamos hacernos en verdad, ciudadanos libres y dignos ante los más elementales valores humanos de honestidad, justicia y amor.

En tanto nos decidimos a actuar, probablemente seguiremos liderando la tabla de perdedores, y no "sólo" por los embarazos...

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy buen punto.