domingo, 21 de agosto de 2016

¿Por qué la oposición y el gobierno no atinan a solucionar nada aún?

¿Por qué seguimos flotando en esta “nada” desesperante, secuestrados todos por tan pocos negligentes en el poder?

Respuestas:
1.    Porque la MUD no entiende que ser “oposición” no supone que sea oponerse a todo lo que hagan quienes no estén con ellos.
2.    Porque el oficialismo no entiende que estar en el Gobierno no es hacerse “uno” con el Estado, amoldando el marco legal a sus conveniencias, al tiempo que reniegan de todos aquellos que disientan. (Pues eso es autocrático y eventualmente dictatorial, como es el caso presente).
3.    Porque aunque hay una sola masa social sufriente, existen dos cúpulas políticas, que impiden cualquier solución que no pase por la aniquilación del otro bando politico.
En la Venezuela de estos tiempos es clarísimo que la manifestación de la voluntad popular no es suficiente para ejercer gobierno (Comenzando con el ignorado hecho de que la expresión del “50 más 1” en una votación -no exenta de polémicas en este país sin ética en sus funcionarios-, no puede ser entendido a priori como una Democracia que atiende también a las minorías en una Republica: es decir, a ese “50 menos 1” que termina siendo el perdedor, al quedar relegado, desdibujado, e inexistente frente a los que gobiernan, como “pueblo” al que por ley a de tomarse cuenta en sus necesidades y derechos); tampoco ayuda la actual componenda interinstitucional “CNE-TSJ-FANB” que hace imposible asociar cualquier concepto de “soberano”, al de un mandato emanado de la población, haciendo que entonces cualquier mención por parte de un político a la idea de “soberano”, termine siendo solo un discurso vacio, “populista, pero sin pueblo que lo escuche”.
No resulta suficiente la “chatarrera de motores fundidos” (que ya son 15) que el gobierno se empecina en mantener como estrategia de acción en su agenda ya inútil e irreversible; ahora también toman turno en esta vorágine de inutilidad política, personajes fuertemente asociados con la cuarta republica que se vuelven voceros y actores principales de la actual “vanguardia” opositora venezolana, haciendo fútil casi toda esperanza que quisiéramos anidar, cuando se escuchan expresiones como: “Nosotros junto al pueblo organizado estamos luchando por tal cosa…”
Frases como esas, alegóricas a un pueblo que no resulta soberano ni en su casa,  resultan presentes a diario tanto en el vocabulario del cinismo oficial, como en la prepotencia opositora, siendo de uso común y sin restricción moral, resultando en un engaño sistemático (por premeditado) y continuo (por el tiempo que lleva practicándose) de la población, que entonces viene y cae en la errada  creencia de que “solo organizándose de acuerdo a lo que se le dice”, (y no solo ejerciendo lo que en la constitución se establece), pueden obtener algo en concreto.
Esa sugerencia político-partidista resulta en un desprecio directo a la idea de republica esgrimida por nuestra constitución, como noción clave y fundamental de organización, capaz de garantizar el ejercicio pleno de los derechos y deberes constituidos como elementos básicos de interacción y progreso de todos nosotros, sin excepciones ni discriminaciones de alguna índole.
Déjenme decirles que no hace falta la existencia de una “burocracia” paralela nacida de colectivos, comunas, consejos, misiones, entre otros, para que los derechos y deberes de los individuos sean respetados y exigidos, a condición esto de que la noción republicana se mantenga por consenso sobre todos nosotros, como la expresión máxima de ciudadanía entendida y practicada en Venezuela. Es así únicamente como los funcionarios honrarían sus compromisos con la gente, y los políticos prometerían cosas que de no cumplir, saben que supondría su destitución y caída en desgracia frente al colectivo.
Fíjense que tan corrosivo como es ese engañoso mensaje de paralelismo burocratico, resulta ser también la idea que ha ido tomando fuerza en la oposición como principal argumento para apelar al referéndum revocatorio, referida a la sustitución del actual “modelo” (refiriéndose ellos a la revolución chavista), lo que a falta de un modelo alternativo (difícil de ver nacer de las “entrañas” de la actual MUD o de algún movimiento conciliador de tercera vía, pues aún no existen), ha hecho que varios políticos de vieja “estirpe” sugieran la idea de la vuelta a un “pasado posible” (entiéndase: todo lo anterior a Chávez), como solución casi mágica a los problemas actuales, obviando con ello el hecho inocultable de que la semilla de lo que hoy nos ofrece estos amargos frutos (la forma de hacer revolución, sus protagonistas y las consecuencias socioeconómicas y políticas que padecemos), fue creada, sembrada y “cuidada” al calor de los errores políticos, económicos y sociales de ese mismo pasado que ahora dicen, era “mejor”, con el agravante de que muchos de esos “cultivadores” originales, aún son protagonistas de lado y lado en el actual mundillo político venezolano.
Insisto: ¿No es acaso mejor procurar entonces recolectar bajo un concepto y nombre de aceptación universal para todos nosotros, todos los aciertos de ambos modelos, (descartando en el proceso todo lo negativo), como base entonces para construir un renovado y fresco modelo de desarrollo socio económico que pueda ser abrazado por todos sin resquemores, al ser reflejo fiel y sin interpretaciones adicionales, de la constitución?
Por estas cosas ocurridas hasta hoy, es que Venezuela se ha vuelto un peligroso desierto donde las mayorías pasan todas las penurias de tan aventurada acción sin rumbo claro ni organización practica; por eso vemos al mismo tiempo presos comunes y presos políticos envueltos en la misma tramoya jurídica inoperante, injusta y clientelar; pacientes sin medicamentos y hospitales sin tratamiento ni ética que los mantenga de pie; poderes del estado poniendo de rodilla a otros poderes, por ser todas instituciones parcializadas con sus propios intereses en medio de una sociedad victima de la inmoralidad que la hace traficante de su propia existencia.
Un país entonces en desasosiego, críticamente desorientado y organizativamente disfuncional, incapaz hasta hoy de autocorregir ese rumbo que pocos en un poder mantenido de facto a través de la esquiva de los mecanismos legítimos constitucionales, siempre a costa de las mayorías ya acostumbradas a la miseria, como quien se pudiera “acostumbrar” a ser pellizcado permanentemente con un alicate de presión.
Resulta positivo (en medio de la amargura) sin embargo, el reconocer que ese desasosiego y esa desorientación experimentadas hoy (se admitan o no), suelen ser los principales indicadores previos a importantes cambios sociales por venir. (Por eso nada cambió mientras había dinero para repartir: casi todos se sentían “comodos”)
El débil piso conceptual sobre el que 99% de nosotros tratamos de hacer equilibrio (entre la sobrevivencia y la subsistencia), en tanto que el 1% que mantiene el poder político y económico, vive en una orgia de dinero y posibilidades casi infinitas para los suyos, sus amigos y sus “socios”, nacionales o internacionales, tarde o temprano cederá, y solo la previsión que seamos capaces de establecer, podrá evitar una caída desoladora, donde Venezuela solo sería un eco lejano en la historia, para dar paso a otra cosa.
La única opción al final estará íntimamente relacionada con la noción que vamos a tener que lograr concebir de lo que debe ser un gobierno de consenso, que sea por cierto, imposible de asociar con un partido político especifico (*).
(*): Entiéndase sobre todo MUD y PSUV, porque se habrá comprendido que estos no han sido más que enormes fachadas tras las cuales las personas de débiles escrúpulos podían someter a las mayorías y ponían en práctica la impunidad frente a lo mal hecho, arrasando con sus verticales y cupulares estructuras, a las voces de quienes se atrevieran a alegar por la verdad.
Solo al entender que el éxito nacional viene de las masas de personas comprometidas con la noción de Republica como único instrumento de superación social, y que sea verificable “en tiempo real” por las mayorías para garantizar la aplicación de la voluntad soberana  bajo los designios de la carta constitucional y las leyes nacidas a partir de ellas, es que podremos romper el enfermizo paradigma que nos está hundiendo en esta situación tan agobiante.
El ejercicio de la justicia ciega e imparcial (pues nace de la noble intención de proteger al colectivo constitucionalmente organizado en republica), se erige como el primer paso para construir la confianza requerida en toda propuesta social de paz y desarrollo.
No es por accidente que este tiempo se levanta como el momento del desespero y de los desesperados; las voces altisonantes en el oficialismo y en la oposición admiten las más depravadas conductas sin castigo alguno aplicable, pues se trata de que el final de un ciclo se acerca, aunque no sin antes exigir el pago del precio de tanta injusticia, inmoralidad y complicidad tolerada de parte de un pueblo bipolar en su conducta, -al hacerse víctima y victimario-, que no supo exigir sus derechos sin gritos ni violencia, ni obligarse a cumplir sus deberes sin haber apelado a la corrupción o a las excusas.
Mientras sigan privando los tecnicismos y los burocratismos sobre la voluntad del “soberano”, la mentira se mantendrá “fresca y mandona” en un territorio, antes pretendido como sana ofrenda a la vida por el civilismo y a la búsqueda de justicia y progreso que creíamos desear.
Pero no nos mortifiquemos; el gran ciclo de cerrará: recuerden que antes fueron los llamados adecos y copeyanos en el antiguo congreso nacional quienes haciendo uso del ardid político, dividían elecciones  y creaban obstáculos en contra de la llegada de un entendido cambio de gobierno de la mano de un ex militar, mientras que ahora son los llamados hijos del ex militar los que con iguales argucias políticas y administrativas usadas en el pasado (de allí la idea de que esto sea un gran ciclo), buscan obstaculizar, retrasar o anular, cualquier cambio que los aleje de la embriagante orgia de poder conquistada.
Los que hoy se erigen como “adalides y paladines de la causa justa en contra de los ogros sádicos que nos gobiernan”, no son mejores que quienes detentan el poder en la actualidad, y que usaron la misma frase para justificar sus pretendidos cambios de gobierno.
Entender esto es clave para ver que aún cambiando gobierno en este preciso momento, y aún tomando las medidas adecuadas en lo económico, no significaría para nada que estaríamos saliendo de “la noche a la mañana” del desierto en el que poco a poco hemos estado perdiendo la vida republicana, pues aspectos claves como la justicia, la ética y los valores morales que emergen necesariamente del núcleo familiar, también han perdido peligrosamente su sentido al calor de esta sofocante percepción nacional en donde nos hemos metido.
Insistamos en que no se trata de ser pesimista; recuerden que hemos conversado de estos aspectos tan abstractos en el pasado: se trata más bien de ser optimistas pero razonablemente realistas, frente a las consecuencias que hay que asumir.
Ya no son tiempos de improvisar; más bien lo son para adaptar, sin perder de vista valores intangibles pero demoledoramente influyentes y determinantes como la moral y la ética.
No hay amor sin moral; no hay moral sin verdad; no hay ética sin educación, y no hay educación sin registros fidedignos de lo elevado y de lo oprobioso que nos ocurra.

Pese a estar caminando peligrosamente cerca del borde del abismo, también es cierto que siempre hemos estado a un paso de tomar la dirección correcta; a un paso de despegar en un nuevo vuelo, deslastrados quizás de tantos errores. Todo aguarda en definitiva por una decisión colectiva, lejana de figuras mesiánicas o demasiado centradas en sí mismas y en su “infalibilidad” como líder. En resumen: Todo aguada por un consenso nacional.
Como en un tratamiento doloroso para una enfermedad, la recuperación comienza en el mismo momento en que aceptamos el sacrificio y el dolor del momento, a cambio de un futuro mejor. Aún tenemos tiempo de deslastrarnos de esa prostituida definición de “pueblo”, y pasar a la de “colectivo de personas ciudadanas”, que se dice fácil, pero que implica un cambio profundo hacia la buena estructura del pensamiento verdaderamente republicano.
Nos ha costado avanzar, porque hemos desatendido la necesaria estructura ético-moral que mantenga a la sociedad en cohesión y evolución. Vivir de épica, de mesías políticos, de grandes figuras históricas, asfixia al presente, porque todas esas cosas pertenecen consecuentemente al pasado. Es lo que cultivemos en el hoy, -con las lecciones del pasado-, lo que nos da verdadera energía e impulso para progresar.   

Aún somos merecedores de cosas buenas; solo tenemos que ganarlas, esforzándonos.

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